Prólogo a un poeta anunciado

El viento de su natal Veracruz, esparce sobre selvas, montes y playas, su mirada traspasando los límites del tiempo y transportando con su verbo prodigioso el anuncio del venturoso advenimiento de un poeta, como lo fuera  César Sobrevals,  quien al cantar recrea el paisaje que lo envuelve y pareciera someterlo a sus mandatos. Con la palabra transmite el dictado fiel de la naturaleza al que transforma su pluma con el acento cadencioso de su voz, deletreando, a su manera, el universo que anida en el pecho de todo poeta y que, en su caso, se derrama en torrentes verbales de belleza y fuerza incomparables.

Sobrevals, le cantó a su pueblo, le cantó a su amada, a sus años mozos, al amigo; le cantó a su Dios, pero sobre todo le cantó a la vida y al tiempo en que la vida le tendía trampas mortales a su paso, lo orillaba al precipicio, lo envolvía con promesas vanas y no solo eso, sino que lo martirizaba con ilusiones falsas, su imaginación de poeta, con éste último reducto de la esperanza humana que es la poesía, territorio vedado para los cobardes y timoratos, a Sobrevals  lo cobijaba en sus brazos, como la madre misericordiosa, sin condición alguna.

Como todo buen poeta, también le cantó a la muerte, a quien le agradeció su estancia en esta tierra, sus experiencias vitales y el haberle revelado anticipadamente su rostro insondable. Tuvo tiempo de entablar una relación más intensa con sus seres queridos, de valorar en toda su riqueza el tesoro que encierra cada espíritu de cada hombre, llámense esposa o hijos, compañeros o amigos, prójimos o ajenos.

Demostró heroísmo para enfrentarse a la muerte y vencerla con la espada de la vida. Al final del camino pudo decir lo que quince años antes anunció su poema “Por siempre juntos”

“Nosotros que estaremos juntos...
en este planeta... o en otros mundos...
en otras galaxias... o con las bacterias...
sobre las riquezas, bajo las miserias;
pero siempre juntos como aquella noche de abril
en que dijimos juntos...
al unísono:
abracémonos siempre que tenemos que dormir
y dormiremos juntos amor...y moriremos juntos
pero siempre juntos amor...por siempre juntos”.

Notable fue su vena poética que lo llevó a escribir el bello poema “Mis tres novias”, himno a la tierra que lo vió nacer, entre pinceladas exuberantes a la usanza de Carlos Pellicer, en una amalgama de sabrosos colores y de sabores multicolores, con cálido aliento de provincia. La región de los “Tuxtlas” veracruzanas, lo impregnaron de alegría, de musicalidad y de energía telúrica para expresarse con bellas imágenes e imantadas del paisaje de su tierra a la que le canta con estas palabras:

“Región de los Tuxtlas, la que fue mi cuna,
y cuna de miles de muy buenas gentes...
cuna de montañas y bosques y lagos,
cuna de chaneques de brujos y magos
¡génesis perfecto de la oxacanta!
Rincón do palpitan recios corazones
Que asombran al mundo con sus tradiciones
Porque viejo o joven el corazón canta”.

Fundirse en un solo cuerpo con sus tres novias clamaba César, en su hermoso poema de un hombre agradecido con la región donde viera la luz primera. Regresar a su tierra y dormir bajo sus plantas el sueño eterno, fue su deseo expresado al final del poema:

“Región de los Tuxtlas guarda a mis tres novias
que nunca a sus rostros se asomen las fobias
serán de mis males siempre eterna cura
¡Tatuaré con oro su nombre en mis brazos!
Y cuando agónico torne a su regazos...
Las pondré por cruces...en mi sepultura”.

Cuando el poeta con valentía y  a flor de piel, entre la vida y la muerte acepta escribir un poco grito, un poco queja, con justa amargura, a ese poeta debe leérsele más con e corazón que con los ojos. Merece nuestro más sentido respeto y al final de la lectura un grito de rabia, como señal de solidaridad con su espíritu.

Sobrevals acierta en el blanco con su flecha poética, al describir con maestría el escenario delirante en que las almas se despiden del cuerpo y emprenden el vuelo a la libertad. En el poema titulado “Un cuarto de hospital”, César Sobrevals nos entrega el último aliento de su poesía y sin duda el más importante, pues constituye una invitación a la reflexión sobre la efímera condición humana:

“Los últimos peldaños de la escalera humana
por desgracia son hospitalización y muerte
destino inexorable de todo el que se ufana
de su excelente salud y de su buena suerte
a través de la ventana, veo al sol que arde
de este lado sombras y reflexión ante el misterio
Siempre es lo mismo, antes o después, pronto o tarde,
Un cuarto de hospital y después el cementerio
Un cuarto de hospital es ofensa, abuso, sadismo ante la herida”.

Alguien arde junto a nosotros y nada hacemos por apagarlo; alguien se desangra ante nuestros ojos y no somos capaces de tenderle la mano. Sobrevals, arde en sus poesías, se desangra en la hoja en blanco, nos quema el cuerpo y el alma con sus palabras y nos corre en el cuello, en el pecho y en la cintura la sangre brotando de sus venas poéticas, y sus letras logran que la niebla se levante, que se enciendan los grillos, que el día cante entre murmullos de aves y suspiros de luz, hasta que se pierda en la noche, hasta que cerremos este libro al final de la lectura.

Carlos López Moctezuma Escobedo
Verano 1995

 
 
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